Nuestra cultura impregna toda nuestra vida de manera que, incluso en la forma actual de alimentarnos, cometemos el mismo error de enfoque que cuando conocemos a una persona.

En las personas no solemos considerar importantes sus virtudes y las cualidades de su carácter sino que, a menudo, nos fijamos solo en sus títulos, sus ingresos y sus propiedades. Hemos olvidado el significado profundo de aquellas palabras tan sabias que un escritor francés muy conocido puso en labios de su personaje más famoso: “no se ve bien más que con el corazón, lo esencial es invisible para los ojos“.

Santa Hildegarda de Bingen, con respecto a los alimentos, prestaba mucha atención a las propiedades sutiles que poseen todos los seres creados por Dios. A esas propiedades o fuerzas sutiles las llamó “Viridita“. Este concepto se podría explicar como una propiedad no material que el Creador concedió a cada ser, en el momento de la creación, en orden al bien del hombre. Relata como Adán, antes de la caída, poseía el conocimiento de toda esa ciencia que perdió después. La santa afirma que solo puede conocer estos secretos aquél a quien Dios se los quiera revelar. Esa es la maravilla de sus obras, que ponen a nuestra disposición la sabiduría divina para que la utilicemos para nuestro bien.

Santa Hildegarda, al tener un enfoque tan distinto del nuestro, es muy capaz de sorprendernos en muchas cosas. Para ella, por ejemplo, la cerveza y el vino (por supuesto de buena calidad), tomados con moderación, constituyen las bebidas más saludables. El vino entra en muchas de las fórmulas de sus remedios. En las Escrituras nunca se habla mal del vino, si es usado en su justa medida. Jesús, de haber estado en contra de esa bebida alcohólica, no habría transformado el agua en vino en las la bodas de Caná, sino el vino en agua.

Otro ejemplo que nos permite apreciar su forma de ver las cosas, es el eneldo. Esta planta constituye una buena muestra para entender que, no solo son los componentes químicos de un alimento lo único que hemos de tener en cuenta, también es muy importante la manera de preparar los alimentos antes de consumirlos. En la ciencia dietética moderna se le prodigan grandes elogios al eneldo por su contenido en vitaminas, minerales, oligoelementos, aceites esenciales, etc. pero para la santa eso no es determinante a la hora de aconsejar su consumo. El eneldo, si se come crudo, dice Santa Hildegarda, puede fomentar una depresión, en cambio, si se come cocinado, es un remedio muy bueno contra el reumatismo.

A veces, lo que determina que algo sea saludable o no, depende de pequeños detalles a la hora de comerlo o prepararlo. La lechuga puede servir de ilustración. Muchos recomiendan empezar las comidas con una buena ensalada de lechuga fresca, crujiente y casi sin aliñar porque, supuestamente, es muy saludable ya que así se ingieren “todos los componentes naturales” que contiene y se pueden asimilar. Santa Hildegarda, por el contrario, dice:

“El que come lechuga cruda, además de dificultar la digestión ¡se vuelve olvidadizo! En cambio, si comenzamos las comidas con un plato caliente que nos pone a tono y nos comemos la ensalada al final de la comida, las cosas ocurren de distinta forma. Las hojas de lechuga las cortamos menudas y habiéndolas dejado 15-20 minutos para que se impregnen bien con un aliño de sal, vinagre, aceite y una pizca de azúcar (a fin de que ningún sabor predomine), cuando las consumimos, se digieren mejor y el cerebro se ve fortalecido”.
Santa Hildegarda de Bingen

 
Esto lo explica diciendo que la digestión es un proceso que requiere de mucho calor y si comenzamos con un plato caliente le damos la oportunidad a la “caldera” de alcanzar la temperatura óptima para que el proceso digestivo se desarrolle de manera adecuada. Si comenzamos por alimentos crudos, casi sin aliñar y fríos, comprometemos seriamente el proceso digestivo y eso nos puede ocasionar muchos problemas con el tiempo.

La nutrición y la dietética modernas solo tienen en cuenta, a la hora de determinar la conveniencia o no de consumir determinados alimentos, sus elementos constituyentes (minerales, oligoelementos, vitaminas etc.), y con este punto de vista tan materialista, que solo tiene en cuenta la química o la bioquímica, puede resultar que, incluso cosas dañinas, puedan considerarse saludables. Ningún nutricionista advierte contra el consumo de alimentos crudos, ni sobre las fresas, los puerros, las ciruelas o los melocotones que santa Hildegarda considera perjudiciales (los llega a llamar “los cuatro venenos de la cocina“) y para las personas enfermas los elimina drásticamente se su dieta.

Por Hildegarda de Bingen, sabemos que, en todos los alimentos incluso en el caso de las frutas, verduras y hortalizas, hay propiedades sutiles que conviene que tengamos muy en cuenta.

Cuando se comprueba que, en el tiempo de las fresas (no sólo las fresas silvestres ), el número de otitis y erupciones alérgicas aumenta de forma significativa, podemos considerar que lo que dice santa Hildegarda tiene un fundamento. Hoy en día los médicos saben perfectamente que las fresas son causantes de muchas alergias.

Escrito por Casa Santa Hildegarda